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AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO-3.04 La Samaritana. (Jn 4, 4-42)
Autor: EL EVANGELIO CONCORDADO


3.04 La Samaritana. (Jn 4,4-42)

En este viaje debíamos pasar por Samaria. Llegamos, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la posesión que dio Jacob a su hijo José. Estaba allí la fuente de Jacob. Fatigado del camino me senté, sin más, junto a la fuente, sería como la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua y le digo:

“Dame de beber”.

Mis discípulos se habían ido a la ciudad a comprar provisiones. Díceme, pues, la mujer samaritana:

“¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?”

En efecto, los judíos no tienen trato con los samaritanos. Le dije:

“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “Dame de beber”, tú le hubieras pedido, y el te hubiera dado agua viva”.

Díjome la mujer:

“Señor, no tienes pozal y el pozo está hondo; ¿de dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres Tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y él mismo bebió con sus hijos y sus ganados?”

Le respondí diciendo:

“Todo el que bebiere de ese agua tendrá sed otra vez; mas quien bebiere del agua que Yo le diere, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él fuente de agua bullidora para vida eterna”.

Díjome la mujer:

“Señor, dame esa agua, para que me quite la sed y no tenga que venir aquí a sacarla”.

Le dije:

“Ve, llama a tu marido y ven acá”.

Y me respondió:

“No tengo marido”.

Le dije:

“Bien dijiste: “No tengo marido”; porque cinco maridos tuviste, y ahora el que tienes no es marido tuyo (18); en eso has dicho verdad”.

La mujer dijo:

“Señor, veo que Tú eres Profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarle”.

Le contesté:

“Créeme, mujer, que viene la hora en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salud viene de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre tales quiere que sean los que le adoren. Espíritu es Dios; (19) y los que le adoran, en espíritu y en verdad le deben adorar”.

Y finalmente, la mujer me dijo:

“Sé que ha de venir el Mesías, el que se llama Cristo; cuando el venga, nos manifestará todas las cosas”.

Y por último, le dije:

“Soy Yo, el mismo que habla contigo”. (20)

En esto vinieron mis discípulos, y se maravillaron de que hablara con una mujer; nadie empero, me dijo: “¿Qué preguntas?” o “¿Qué hablas con ella?”. Dejó, pues, su cántaro la mujer y se marchó presurosa a la ciudad diciendo a los hombres:

“¡Venid a ver a un hombre que me dijo todas las cosas que hice! ¿Acaso es este el Mesías?”

Salieron de la ciudad y venían a mí. Entre tanto mis discípulos me rogaban:

“Rabí, come”.

Mas Yo les dije:

“Yo tengo para comer un manjar que vosotros no sabéis”.

Decíanse, pues, mis discípulos unos a otros:

“¿Acaso alguien le trajo de comer?”

Pero Yo les dije:

“Mi manjar es hacer la Voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: “Cuatro meses aún, y llega la siega?” Mirad, os digo, alzad vuestros ojos y contemplad los campos, que ya están blancos para la siega. El segador cobra su jornal y recoge fruto para la vida eterna, para que el sembrador y el segador se gocen juntamente. Porque en esto resulta verdadero aquel proverbio: “Uno es el que siembra y otro el que siega”. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no habéis labrado; otros labraron y vosotros habéis entrado en su labor”.

De aquella ciudad, muchos de los samaritanos creyeron en mí por la palabra de la mujer, que atestiguaba:

“Me dijo todas las cosas que hice”.

Así, pues, como llegaran a mí los samaritanos, me rogaban que me quedase con ellos, y accediendo me quedé allí dos días. Y muchos más creyeron por mi palabra, y decían a la mujer:

“Ya no creemos por tu dicho, pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo”.

(18) Dios no da ninguna alma por perdida.

(19) Dios es Espíritu del que se nace de nuevo. Así lo dice Cristo a Nicodemo. El Espíritu no se ve pero se puede percibir como se percibe el viento que se siente y no se ve. No puedo negar su existencia porque no lo contemplen mis ojos y no lo palpen mis manos, como no puedo negar la brisa que me susurra al oído al mover las hojas de los árboles.

(20) “Yo soy el Mesías”, el Hijo de Dios tanto tiempo esperado por el pueblo de Israel, un pueblo que lo sigue esperando hasta el final de los tiempos porque todavía no lo han reconocido.


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"Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los sabios y prudentes y las descrubiste a los pequeñuelos. Bien, Padre, que así ha parecido bien en tu acatamiento". (Lc 10,21).







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