AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO-4.26 La hemorroisa. Jairo (Mt 9, 18-26; Mc 5, 21-43; Lc 8, 40-56)
Autor:
EL EVANGELIO CONCORDADO
4.26 La hemorroisa. Jairo (Mt 9, 18-26; Mc 5, 21-43; Lc 8, 40-56)
Habiendo hecho la travesía y llegando a la ribera opuesta, me acogió la muchedumbre que seguía aguardándome. En esto vino un hombre por nombre Jairo, que era uno de los jefes de la sinagoga; el cual, viéndome, cayó a mis pies y me rogó instantemente que entrase en su casa, pues tenía una hija única como de doce años que se estaba muriendo. Decía:
“¡Señor, mi hija está al cabo; ten a bien venir y poner las manos sobre ella, para que se salve y viva!”
Levantándome le seguí, viniendo Conmigo mis discípulos. Mientras íbamos, nos seguía un gran gentío que me estrujaba. Entre la gente una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, que había sufrido mucho de parte de muchos médicos y gastado en ellos su hacienda sin mejora alguna, antes bien había empeorado, como hubiese oído lo que decían de mí, viniendo entre la gente y acercándose por detrás tocó la franja de mi manto. Porque decía para sí:
“Como yo toque siquiera sus vestidos, cobraré salud”.(57)
Al instante se le paró el flujo y se secó la fuente de su sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Al punto, dándome cuenta que una virtud o corriente había salido de mí, volviéndome en medio del gentío, dije:
“¿Quién me ha tocado los vestidos?”
Como todos me lo negasen, díjome Pedro y los demás:
“Maestro, ves el gentío que te está oprimiendo y estrujando, y dices: ¿Quién me tocó?”
Le contesté:
“Alguien me tocó pues de mí he sentido salir una energía”.
Miré en torno, cuando la mujer atemorizada y temblando, sabiendo lo que había ocurrido con ella y que no había pasado inadvertida, postrándose ante mí, declaró delante de todo el pueblo por qué motivo me había tocado y cómo instantáneamente quedó sana. Mas Yo le dije:
“Buen ánimo hija; tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.
Todavía estaba hablando con ella cuando viene uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
“Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?”
Habiendo entreoído lo que se hablaba, dije al jefe de la sinagoga:
“No temas, cree no más, y será salva”.
No dejando que me siguiese nadie, sólo Pedro, Santiago y Juan, llegamos a la casa de Jairo y entramos juntos con el padre y la madre de la niña. Todos lloraban y plañían, y al ver el alboroto y los grandes gritos que daban, dije:
“¿Por qué os alborotáis y lloráis? No lloréis, que la niña no murió sino duerme”.
Se burlaban de mí, ciertos de que había muerto. Les dije entonces:
“Retiraos”.
Echados todos y despejada la turba, acompañado del padre y la madre de la niña y de los que Conmigo venían, entramos a donde la niña estaba. Tomé la mano de la niña y alzando la voz dije:
“¡Talitha kumi!” es decir: “¡Niña, te lo digo, levántate!”
Tornó a ella el espíritu,(58) y se levantó al instante y se puso a andar. Sus padres quedaron asombrados, fuera de sí. Yo les mandé encarecidamente que nadie supiese lo acaecido. Y por último mandé se le diera de comer a la niña. Sin embargo se extendió la fama del hecho por toda aquella tierra.
(57) La curó la virtud que salía del mismo Cristo, pero solo ella captó el poder de Aquel en el que creyó sin ninguna duda. Su Fe consuma el milagro sin previa voluntad de Cristo. Amiga lectora, amigo lector, esto da mucho que pensar.
(58) El alma de la niña no estaba ya en su cuerpo. Esto es morir. Volvió a ella al imperativo mandato de Cristo. El alma de la niña estaba en otro lugar que no puedo entender como un espacio diferente al que ocupamos en este mundo. Volvió a la niña sin recorrer espacio y sin consumir tiempo. La niña sin espíritu estaba muerta, era un cadáver para amortajar. ¿Quién es Cristo?
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"Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los sabios y prudentes y las descrubiste a los pequeñuelos. Bien, Padre, que así ha parecido bien en tu acatamiento". (Lc 10,21).