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AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO-5.35 “El Padre y Yo somos una misma cosa”. (Jn 10, 22-42)
Autor: EL EVANGELIO CONCORDADO


5.35 “El Padre y Yo somos una misma cosa”. (Jn 10, 22-42)

Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno y me paseaba en el Templo por el pórtico de Salomón. Me rodearon los judíos y me preguntaron:

“¿Hasta cuándo tienes suspenso nuestro espíritu? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente”.

Les respondí:

“Os lo dije, y no me creéis. Las obras que Yo hago en el nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Sin embargo, vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y me siguen. Y Yo les doy la vida eterna, y no perecerán eternamente, y no las arrebatará nadie de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, mayor es que todo, y nadie puede arrebatarlas de mano de mi Padre. El Padre y Yo somos una misma cosa”.(112)

Cogieron de nuevo piedras los judíos para apedrearme. Les respondí:

“Muchas obras buenas hice a favor vuestro de parte de mi Padre: ¿por cuál de estas obras me apedreáis?”

Respondieron los judíos:

“No te apedreamos por obra alguna buena, sino por blasfemia y porque Tú, siendo hombre te haces Dios”.

Les respondí:

“¿No está acaso escrito en vuestra Ley: “Yo dije: sois dioses”? Si llamó dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios -y no puede fallar la Escritura-, ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo decís vosotros: “Blasfemas”, porque dije: soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; mas si las hago, ya que a mí no me creéis, creed a las obras, para que sepáis y entendáis que mi Padre está en mí y Yo en mi Padre”.

Buscaban, pues, de nuevo cómo apoderarse de mí y me escapé de sus manos. Y marché otra vez al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado primero bautizando, y allí habité. Venían muchos a mí, diciendo:

“Juan no obró ningún milagro, y todo cuanto dijo Juan de Éste era verdad”.

Y muchos creyeron allí en mí.


(112) Amiga lectora, amigo lector, a esta altura de la narración tenemos afirmaciones de Jesús que le comprometen y nos comprometen. El Dios de la Biblia, el Dios que el pueblo hebreo considera como solo suyo, el Dios de Abraham, de Jacob, de Moisés, el Ser Omnipotente y Creador, Principio y Fin de toda criatura, este Dios que tiene Nombre de “Padre”, este Dios que es Padre de todos y cada uno de los hombres, de todos los espíritus que le reconocen como tal, este Padre de Jesucristo, es una misma cosa con su Hijo. Decir que: “El Padre y Yo somos una misma cosa”, es decir que “el Padre y Yo somos dos Personas distintas pero con una sola esencia o naturaleza”. Y esto lo manifiesta un Hombre como tú y como yo excepto en el pecado, pero un Hombre que se ve, que se oye, que se palpa. Si le doy crédito a sus palabras, si en virtud de los hechos que hasta ahora hemos contemplado y que a su vez nos han llenado de estupor, si reflexiono sobre su sentido, no puedo entender otra cosa que lo mismo que manifiesta Jesucristo, es decir, que Dios Padre y Él, Dios Hijo, son una misma cosa. Luego, si asumo esta Verdad que me da vida, estoy reconociendo que este Hombre al que veo, oigo y palpo, es el Dios Autor de la vida, es un Ser, Persona distinta del Padre, en el que se aprecia, fehacientemente, una naturaleza humana y una evidente naturaleza divina que se capta sin forzar la razón ni la lógica. Más adelante le oiremos a Tomás decir: “Señor mío y Dios mío”, también se entenderán las siguientes palabras que me salen del alma: ¡Cuánto te amo, mi Dios Crucificado!

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"Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los sabios y prudentes y las descrubiste a los pequeñuelos. Bien, Padre, que así ha parecido bien en tu acatamiento". (Lc 10,21).







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