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AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO-8.01 En el huerto de Getsemaní. (Mt 26, 30-46; Mc 14, 26-42; Lc 22, 39-46; Jn 18, 1-2)
Autor: EL EVANGELIO CONCORDADO


8.01 En el huerto de Getsemaní. (Mt 26, 30-46; Mc 14, 26-42; Lc 22, 39-46; Jn 18, 1-2)

Dicho esto, salí de Jerusalén, junto con mis discípulos, a la otra parte del torrente Cedrón, me dirigí, según costumbre, al monte de los Olivos. Y llegamos a una granja llamada Getsemaní, donde había un huerto en el cual entramos mis discípulos y Yo. También Judas, el que me entregaba, sabía aquel lugar, puesto que muchas veces nos reuníamos allí. Y les dije a mis discípulos.

“Sentaos aquí mientras voy allá para orar. Orad, para que no entréis en tentación”.

Vinieron Conmigo Pedro y los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Me invadió la tristeza y comencé a sentir espanto y abatimiento. Entonces les dije:

“Triste sobremanera está mi alma hasta la muerte: quedad aquí y velad Conmigo”.



Arrancándome de ellos, me aparté a la distancia como de un tiro de piedra, y puestas las rodillas, caí con mi rostro sobre tierra, y oraba diciendo:

“Abba, Padre, todas las cosas te son posibles; Padre mío, si es posible, si quieres, pase de mí este cáliz; mas no se haga como Yo quiero, sino como quieres Tú, no se haga mi voluntad sino la Tuya”. (172)



Vine a mis discípulos y los hallé durmiendo y le dije a Pedro:

“¡Simón! ¿Duermes? ¿Así no pudiste velar una hora Conmigo? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu, si, está animoso, mas la carne es flaca”.

Y de nuevo me retiré y me puse a orar otra vez, repitiendo las mismas palabras:



“Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Y viniendo otra vez, los hallé durmiendo, porque estaban sus ojos cargados, no sabían qué responderme. Y habiéndoles dejado, me retiré de nuevo y oré por tercera vez, repitiendo de nuevo las mismas palabras. Venido del cielo se llegó a mí un ángel que me confortaba.



Vine en agonía, orando más intensamente y un sudor como grumos de sangre caía de mí al suelo. Me levanté de la oración y vine por tercera vez a mis discípulos y los hallé durmiendo por efecto de la tristeza. Y les dije:



“Ya por mí, dormid y descansad…¿Cómo, dormís? ¡Ea! Ya está: llegó la hora; he aquí que es entregado el Hijo del hombre en manos de pecadores. Levantaos, vamos: mirad que está aquí cerca el que me entrega”.



(172) En virtud de su divinidad, el conocimiento pretérito de los infames hechos que se le vienen encima a Cristo, pone a prueba la naturaleza humana de un Hombre que tiene sentimientos como tú y como yo, amigo lector. De cara al final de su vida en este mundo, el que se nos ha mostrado como Dios se manifiesta con patética evidencia que es Hombre y Hombre que no quiere sufrir. Bien conoce como Dios e incluso como Hombre que es necesario padecer la Pasión que le espera, pero lo que nosotros apreciamos es un Hombre en suprema depresión, tanta como para hacerle sudar sangre, con un miedo pavoroso e indescriptible. La infinita amargura con la que se muestra la humanidad de Jesús nos secuestra la razón para interpretar el por qué de este misterio y en un acto de compasión de quien adora a su Señor solo se le ocurre acompañarlo como el perro acompaña a su Amo hasta la muerte. No comprendo nada, solo dispongo mi alma para unirme a este Jesús de quien recibo la existencia, no entro en las causas que motivan tanto horror en un Hombre, aunque intuyo que mi miserable vida algo tiene que ver con tanta pena. Amiga lectora, amigo lector, ahora toca reflexionar sobre la Pasión de nuestro Dios. Dispongámonos a contemplar cómo los hombres dimos excruciante muerte al Autor de la Vida, porque esto que leemos se ha consumado en nuestro tiempo, en nuestro espacio, en nuestra historia.

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"Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los sabios y prudentes y las descrubiste a los pequeñuelos. Bien, Padre, que así ha parecido bien en tu acatamiento". (Lc 10,21).







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