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AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO-EPÍLOGO
Autor: EL EVANGELIO CONCORDADO



¿Qué es una Biografía?

Es, sencillamente, la historia de una vida. Nos relata los acontecimientos de una persona desde su nacimiento hasta su muerte. Otra persona, diferente al protagonista de la biografía, escribe con datos de terceros y en algunos casos de sus propias experiencias vividas con el personaje biografiado.

¿Qué es una Autobiografía?

Es la narración de una vida hecha por el propio sujeto de ella. Una narración no acabada, ya que no describe, finalmente, su partida de este mundo, un hecho incuestionable para todo ser humano que desconoce cuando va a morir, donde va a morir, cómo va a morir y por qué o por quién va a morir. Nadie que haya muerto deja finiquitada su autobiografía. Ningún ser humano ha escrito su vida después de morir y resucitar…… excepto el Autor del relato que acabamos de leer.

Jesucristo es el Autor de su Autobiografía, un Hombre que ha gustado la muerte en su más amarga experiencia, un Hombre que por su propio poder ha resucitado, porque este Hombre es Dios sin dejar de ser Hombre, así como suena, el Dios Fontal de donde procede toda vida, el Creador del Universo que lo sostiene en su Providencia, el Dios que tiene contestación al cuando, al dónde, al cómo y al por qué o por quien que señalábamos en el párrafo anterior.

Invito a mi amable lectora o lector a reflexionar sobre lo que se deduce al volver a leer, detenidamente, el apartado 5.56 que nos relata la resurrección de Lázaro. El cadáver, ya larvado y putrefacto, de un hombre, inhumado a la vista de sus conciudadanos (históricamente incuestionable), yace embalsamado en una tumba de Betania. El drama es impresionante y me quedo con estas palabras de Jesucristo pronunciadas a la entrada de un sepulcro de dónde emanaba el olor nauseabundo de una carne agusanada:

“¡¡Lázaro ven afuera!!”

El difunto al imperio de estas palabras salió afuera de manera sobrenatural. Este hombre, ahora vivo, estaba atado de pies y manos, envuelto en un sudario, quizá, empapado todavía del viscoso fluido cadavérico. Otros le desataron para que pudiera andar.

Ante esta escena estremecedora y sublime ¿quién puede dudar de la divinidad de Jesucristo? Este grito de Dios, estas palabras del Autor de la vida dicen lo que ven nuestros ojos: el espíritu de Lázaro viene desde no se sabe dónde para volver a animar su cuerpo, podrido un segundo antes.

En Jesucristo, las palabras de sus labios no se contradicen con los hechos que se consuman al unísono de pronunciarlas.

El hecho y la palabra, súbita e imperiosamente, se ejecutan al mismo tiempo. Racionalmente asumido lo anterior, ahora, deberíamos volver a leer esta Autobiografía para que nuestra Fe se hiciera más grande.

Vuelvo a invitar a mi amable lectora o lector a reflexionar, ahora, sobre el apartado 7.05 La Eucaristía. Dice Jesucristo:

“Tomad, comed: éste es mi cuerpo, que por vosotros es entregado; haced esto en memoria de mí”.

“Bebed de él todos, porque ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que por vosotros y por muchos es derramada, para remisión de los pecados. Haced esto, cuantas veces bebiereis, en memoria de mí”.


Si la fuerza, divinamente ejecutoria, de las palabras de Jesucristo en el impresionante milagro de Lázaro, tal y como hemos visto, es meridianamente palmaria, si han hecho lo que ellas mismas expresan, debo entender que esta misma Persona ni se confunde ni me confunde cuando interpreto, literalmente, lo que me están diciendo estos dos párrafos. Un trozo de pan, que como tal me lo evidencian los sentidos, es el Cuerpo de Cristo. En una copa que a mi olfato, gusto y vista deduzco que contiene vino, no es tal, sino la Sangre del Hombre que me lo está ofreciendo.

La divinidad de Jesucristo avala lo que estas palabras dicen con independencia de mi mayor o menor Fe. Y aunque crea, ante este Misterio, solo la disposición de mi alma será la que en definitiva me haga entender el acto de comer y beber el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Antes del tiempo, Dios determinó hacerse Hombre en el tiempo. El Verbo del Padre, el Hijo engendrado en la eternidad, decide desprenderse de su rango divino para asumir la naturaleza humana sin dejar de ser Dios. En un Misterio insondable, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, en un acto de anonadamiento infinito se hace un ser humano sin perder sus atributos divinos. Se hace Hombre para tener voluntad de hombre y padecer y morir como morimos los hombres. Toma sobre Sí el pecado de la humanidad, se entrega en manos de los hombres para morir muerte de Cruz, precisamente por ellos. En el Calvario contemplamos, a primera vista, un Hombre clavado en un palo en forma de Cruz, sin embargo para un cristiano, Quien allí está colgado, en patética agonía, es Dios. Se podría decir que Dios Creador se dejó matar por su criatura por un acto de amor supremo de infinita magnitud.

Por amor al hombre, el Hijo de Dios consuma la secuencia de su anonadamiento ilimitado en dos actos de transcendencia divina que el hombre no puede comprender en todo su significado. Siendo Dios se hace Hombre sin dejar de ser Dios, y siendo Hombre se hace pan y vino para que lo podamos comer y beber. El Dios en el que nos movemos y existimos consuma un abajamiento sin medida para pasar de su inicial estado divino a este estado material que hace posible que pueda entrar por nuestra boca hasta el tuétano de las entrañas bajo las especies de pan y vino sin dejar de ser Dios. Es decir, en cada comunión comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre de Dios con sabor a pan y sabor a vino pero en definitiva lo que estamos consumando es el acto más sagrado y transcendental de un ser humano, ingerir a Dios que se llega hasta el núcleo esencial del yo que nos define.

Si te acercas a comulgar asumiendo lo que expresa el párrafo anterior, si haces tuya esta sagrada verdad que te hará entender el infinito y sublime Amor de quien te está esperando, extrapolarás a tu persona el anonadamiento ilimitado de Aquel a quien adoran los ángeles y susurrando en tu espíritu estas palabras: “Señor, vienes a mí como Quien eres y yo te recibo como quien soy”, te fundirás en una sola cosa con el más Bello de los hombres, con el Hijo de Dios.

El Señor pudo presentarse, en la historia del hombre, ya adulto, pero quiso pasar por todas las etapas necesarias para consumar una vida humana. Dios se vale del hombre para hacer sus obras. Quiso contar con la libertad soberana de una preciosa jovencita judía, llamada María, que no le defraudó. Aceptó ser la Madre de Dios y en sus purísimas entrañas, sin concurso de varón, el Espíritu Santo consumó su obra más genuina, la encarnación del Hijo de Dios y desde ese instante Hijo de María.

Comienza el abajamiento de Dios haciéndose hombre con la humilde y sagrada colaboración de una Mujer, el orgullo de nuestra raza.

Aquí termina la primera etapa que nos muestra el desprendimiento del rango divino a favor de la naturaleza humana. Veamos la segunda.

Ya hecho ser humano, el Autor de la vida, Jesucristo, decide volver a anonadarse hasta el extremo. El que es Hombre y Dios a la vez, determina hacerse realidad incuestionable, para los ojos de la Fe, aunque esté oculto a los sentidos, bajo las especies de pan y vino. Otra vez necesita del concurso, en este caso, de un varón para que en la Consagración de la Misa se cumpla su promesa. El sacerdote le prestará todas sus facultades y con ellas, Cristo mismo, repetirá las idénticas palabras que pronunció cuando su tiempo en este mundo se acababa. Después, en breves horas, morirá muerte excruciante de Cruz.

Hermana mía y hermano mío, que has llegado hasta aquí en la lectura de este Libro. Con este epílogo he querido asegurarte que Dios hace sus obras, pero yo creo que las más importantes las hace con la libérrima colaboración de los hombres y mujeres que se escoge de este mundo.

A unos dos mil años de esta hora, cuatro hombres tocados por el Espíritu Santo escriben los cuatro Evangelios que llevan su nombre: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Como eficaces instrumentos en las manos de Dios, no emplean ni una palabra más ni una palabra menos que las necesarias según la inspiración divina de la que han sido dotados.

Si asumo los razonamientos anteriores en los que se me muestra que para Dios todo es posible, con mucha fatiga y considerándome el más indigno de los hombres, debo asegurarte que esta Autobiografía solo se puede entender como tal si se está seguro que el Protagonista ha sido realmente quien la ha escrito.

Evidentemente, este Libro no lo ha escrito físicamente el mismo Cristo. Tampoco la consagración la hace, visiblemente, el mismo Cristo, sino que cuenta con el hombre que le prestará sus atributos. La AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO es consecuencia de una Concordancia Evangélica relatada finalmente en estilo autobiográfico pero con el ejercicio de la inalterable voluntad de ajustar al máximo el relato al texto canónico de la Iglesia Católica.

En mi caso se da, con plenitud de significado, ser el instrumento, por sí mismo, miserablemente inútil, usado por Dios para escribir su Vida entre los hombres. Este Libro, que ha necesitado treinta y cinco años para escribirse, ha llegado hasta los lugares más recónditos del mundo. No es una casualidad, un piadoso trabajo de un hijo de la Iglesia Católica donde quiere vivir y morir. Este Libro es lo que define su título: Vida de Jesucristo contada por Él mismo. Lo escrito, escrito está para siempre.

Quiera la Madre de mi Autobiografiado, la Virgen María, poner lo que a mí me ha faltado para gloria de su Hijo, Jesucristo, del Hijo de Dios y Padre mío. A los pies de este eterno y misericordioso Padre quedan, para siempre, el Libro y el instrumento que lo adora en amor, para gloria Suya, que es la única gloria mía.





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"Bendígote, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los sabios y prudentes y las descrubiste a los pequeñuelos. Bien, Padre, que así ha parecido bien en tu acatamiento". (Lc 10,21).











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