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LA COMPASION
Autor: EL EVANGELIO CONCORDADO



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Los ojos son las compuertas del alma. Por ellos entran, como ríos caudalosos, la imágen y la palabra escrita, que van activando los sentimientos, la memoria, el entendimiento y la voluntad. Amiga lectora, amigo lector, ahora, si quieres, de la mano de este ingeniero jubilado, nos introduciremos en la vena del tiempo y al desandarlo, llegaremos a un lugar que llaman Calvario, para meditar lo que se presentan a nuestra ya fatigadas pupilas. Como único equipaje, solo llevaremos La Compasión y una verdad asumida que dice: "El ejercicio de la conmiseración sobre el ser humano que padece, es patrimonio del alma, con independencia de la religión que se practique".


Un Hombre acaba de expirar en excruciante muerte de Cruz, ajusticiado con saña. A sus pies contemplamos la patética figura de la Madre de este Crucificado, una Mujer que, sin perder la compostura, mantiene la mirada fija, con infinita pena, en el cadáver tetanizado de su Hijo cosido a un palo con clavos de hierro ensangrentados y cuya figura se proyecta en el horizonte de un cielo ennegrecido.

María, oye el alarido escalofriante que le sigue al chasquido que produce el contundente golpe con el que quiebran las piernas a dos ladrones crucificados junto a su Jesús. Observará, con sobreañadida angustia, cómo el soldado, ejecutor de semejante acción, se dirige hacia su Hijo y oirá que alguien convence al verdugo para que desista de su intención, porque el Reo ya ha muerto. Verá, cómo el soldado, para asegurarlo, con una lanza abrirá el costado del Crucificado, una lanzada que atravesará el Corazón del Hijo y el Corazón de la Madre a la vez.

El Evangelio no lo relata, pero ¿quién lo duda? A esta Madre, se le concede el último consuelo. Recibe en sus brazos el rígido y frío cadáver del Hijo, un cuerpo muerto, empapado de líquido pleural, sangre, sudor purulento, vinagre, mirra y espesa saliva.

El cielo y la tierra han enmudecido de pena y tristeza, solo se oye el tenue susurro de una quebrada voz de Mujer, que tiene su mejilla pegada a la mejilla helada de su Hijo exánime, un supremo lamento de Madre que agota la amargura de su Corazón al que ya no le queda más que padecer: …”Hijo mío...Hijo mío...Hijo mío”.

Ya atardece y arrancan de los brazos de María el cuerpo del Hijo que van a embalsamar y enterrar.

A dos mil años de esta estremecedora escena, lo que se presenta a nuestra vista, seas creyente o no, es una Mujer viuda, de unos cincuenta y pocos años, que acoge, entre las rodillas y los brazos, el cadáver de su Hijo, un Joven, de unos treinta y pocos años, que acaba de expirar, en una desolación extrema, clavado en un palo en forma de Cruz, una Cruz, ahora vacía, sobre la que ésta Madre apoya la espalda, un madero que lleva adheridos en sus astillas jirones de la piel, del cabello y de la carne de Cristo, un madero empapado de la Sangre de Dios Crucificado.

Si has llegado hasta aquí, amiga mía, amigo mío, estoy seguro que se habrá generado en tu alma la compasión hacia esta Mujer, con un deseo inmarcesible de hacerle llegar el cariño, la ternura y el entrañable calor de tu silenciosa compañía porque no te salen las palabras.

Oscurece, es víspera del Sábado, y María, la Madre, lleva en su mano, entrelazada, la mano de Juan, que ha tomado posesión de la herencia del Crucificado, de esta Madre, que ya es la Madre suya. Caminan despacio, en silencio, solo se oyen sus pisadas sobre el empedrado de las calles de Jerusalén. Juan medita: “...la Madre del Hijo de Dios es mi Madre”, “...la Madre del Maestro es la Madre mía”.

Todo se ha cumplido, comprende la Virgen María: “así tenía que suceder porque así estaba escrito”. Por poquito tiempo le han separado del Amor pero le quedan la Fe y la Esperanza que le traen a la memoria aquellas palabras de su Jesús: “Madre mía, al tercer día resucito”.

La noche se ha cerrado, ya hace frío. Juan posa el brazo sobre el hombro de su Madre. Entre nubes grises y negras asoma la luna llena que proyecta las figuras de Juan y de María sobre la calzada. Veo una tercera sombra que se mueve al paso de la Madre y del hijo. Me froto los ojos sorprendido... ¿Quién va con María y Juan?... ¡eres tú, querida amiga!, ¡eres tú, querido amigo!, ¡soy yo! que al terminar de leer esta reflexión nos hemos convertido en solo LA COMPASIÓN.









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