Al Dios desconocido
Autor:
EL EVANGELIO CONCORDADO
La gravedad es la más importante fuerza universal por cuya virtud un cuerpo de mayor masa atrae a otro cuerpo de masa menor, siendo su valor directamente proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. Es la acción invisible que mantiene cohesionado el cosmos, el firmamento.
Poder cuantificar la magnitud de este fenómeno de la naturaleza, con una fórmula matemática, nos demuestra que esta naturaleza se rige por un orden preestablecido. Un orden que no genera ella misma, sino que le viene impuesto por Alguien y no por algo, que determina el principio y el fin de las causas originarias del tal manifestación física. Deduzco que por el rigor matemático en el que se fundamenta no puede tener su origen en el azar de arbitrarios fenómenos naturales, creo, razonadamente, que ese Alguien, del que he hecho mención anteriormente, es el Autor de semejante y constatable maravilla física que mantiene en ordenado movimiento el universo creado. Para mí este Alguien es Dios.
No puedo ver la gravedad pero yo se que existe por las consecuencias de su invisible concurso en el mundo donde nos movemos y existimos. El aire tampoco se ve, no se de donde viene y ni adonde va y sin embargo, percibo su existencia por sus efectos en las cosas que sí veo, por ejemplo, el mar embravecido, el huracán devastador o el susurro que me llega al oído de unas hojas de árbol que veo moverse.
A la altura de la civilización en la que estamos inmersos, negar la existencia de tales fenómenos físicos porque no los veo es una ignorancia inconsciente o una incoherencia producto de algún desequilibrio mental.
Negar la existencia del alma, del espíritu del hombre, porque no se me hace visible, pues, es todavía más incomprensible en una mente cuerda. Yo estoy seguro que cualquier persona se sabe compuesta por alma y cuerpo, por un cuerpo sensible y un alma oculta a sus sentidos, tan real como el cuerpo que anima.
A primera vista, por su aspecto físico, no distingues entre una persona muerta y esta misma persona dormida. La diferencia es notable, evidentemente, el que duerme es alguien con alma y cuerpo, el muerto es algo con solo cuerpo. El que duerme, en breve, despierta para seguir ejerciendo la vida, el amor, la compasión, la misericordia, el perdón etc.. El cadáver no es persona, en breve se corrompe, se pudre, se hace polvo, desaparece, con el tiempo ni es nadie ni es nada. ¿Verdad que se entiende esto? Claro que sí, entiendo que yo soy por lo que no me veo más que por este rostro, por estos brazos, por estas piernas…por este cuerpo que si veo. Además entiendo que amo y sufro con el yo que no veo. ¿Puedo negarme a mí mismo porque no veo mi espíritu, porque no veo mi alma?
El amor es un acto de la voluntad, no es por definición un sentimiento, es una acción voluntaria que se emprende y se aprende, no es una pasión que se impone contra nuestra voluntad. El amor es, decisión y elección aunque, normalmente, se manifiesta acompañado del sentimiento. Si el amor es un acto de la voluntad y el entendimiento, el amor es patrimonio exclusivo y excluyente del alma. Así pues, si enlazo este razonamiento con la reflexión del párrafo anterior, puedo asumir que el ejercicio del amor se corresponde, exclusivamente, con el yo que no veo, es decir, no es potestad de mi cuerpo sino de mi espíritu y este es inmortal, porque el alma, al contrario de la carne, no puede morir y además tiende hacia la eternidad.
El cuerpo sano es instrumento del alma, por tanto, todos nuestros actos son ejecutados al libre dictado del espíritu y las consecuencias de sus órdenes, al instrumento cuerpo, que son sus actos, transcienden a la muerte del cuerpo y acompañan al alma en su eterna inmortalidad. El amor no muere nunca, permanece más allá del tiempo y del espacio en el que me muevo y existo. El amor no se ve y sin embargo nada es más real y evidente para nuestra inteligencia que cuando se hace presente en nuestro ordinario vivir.
En el apartado 2.01 Bautismo de Jesús, del libro “Autobiografía de Jesucristo” se lee:
Juan me bautizó, y al salir del agua, estando en oración, rasgáronse los cielos y el Espíritu Santo en forma de paloma descendió sobre mí y se oyó la voz de mi Padre que dijo:
“Este es mi Hijo amado, en quien me agradé”
En este pasaje se nos presenta la Divinidad Trinitaria y de primeras me sorprendo con la voz de un Padre que manifiesta su amor, complacencia y agrado en el Hijo de sus entrañas. Lo hace mediante una voz divina y celestial audible para el oído humano. Por lo que se oye descubrimos un Padre que se deleita en el Amor de su Hijo, es pues, un Padre con “sentimientos”, un Padre que es Dios pero que en definitiva no es insensible al pensamiento, la palabra y la obra de todo ser humano que haga referencia a la vida y a la Persona de su Hijo amado, Jesucristo.
Amiga lectora, amigo lector, ahora toca fijarse en este Espíritu Santo que da nombre al encabezado de este artículo: El Dios desconocido. Como hemos visto, el amor humano es un acto de la persona pero no es la persona misma. ¿Qué se entiende por persona? La persona es un ser dotado de voluntad, memoria e inteligencia, capacitado para razonar, recordar, actuar y amar según su libre albedrío, un ser a quien se le ama por sí mismo, como se ama al padre, a la madre, a la mujer, a los hijos, a los abuelos, al amigo a quien se le puede confiar tus deseos y tus miedos, tu alegría y tu padecer y de quien esperas consuelo en tu pena; en definitiva, un ser como tú y como yo, amiga mía, amigo mío, libre, consciente y responsable de sus actos, un ser único e irrepetible tal y como tú y yo somos únicos distintos e irrepetibles.
El Espíritu Santo es una Persona en el sentido que acabamos de exponer en el párrafo anterior, una Persona que procede del Padre y del Hijo al mismo tiempo y que sin embargo se distingue del Uno y del Otro. Es el Amor Personificado, una Persona que no es indiferente a las manifestaciones del afecto que le debo por los bienaventurados dones con los que me asiste en cada instante de mi ordinario vivir en este mundo, un Dios que sin embargo, hasta hoy, no he captado en toda su Verdad, un Dios desconocido.
A Tomás se le concedió el privilegio de ver con sus propios ojos y tocar con sus propias manos lo que demandaba para creer y cuando esto se consumó, desde lo más profundo de su alma le salieron estas palabras: “Señor mío y Dios mío” que se quedaron fijas en el tiempo, unas palabras cuyo eco permanece hasta el final de los siglos. Estas palabras no las generó Tomás por sí mismo, este “Señor mío y Dios mío” viene a ser una sublime realidad de Fe porque el Dios Amor, el mismo Espíritu Santo se puso en el corazón y en la boca de este hombre para hacerle, bajo su inspiración, afirmar la divinidad de Cristo.
Tomás amaba a Jesús, según su capacidad de amar, con un inmenso amor que le vino dado y tú y yo amiga mía, amigo mío, podremos amar a Jesucristo según nuestra disposición y actitud para el amor. Si lo pido, ahora que ya conozco al Espíritu, El se va a llegar a mí para llenarme según el espacio del alma que ponga a su disposición. De este Espíritu estaré lleno con la capacidad de una botella o de un océano, esto depende de mí y de El.
El amor entre los hombres solo es un acto que se manifiesta a través de los sentimientos, pero el Amor con el que el Padre y el Hijo me aman es una Persona que no tiene rostro y sin embargo es un Ser a quien se le puede amar por Sí mismo. Este Ser solo es Espíritu, no le podré decir: “Ven, Amigo del alma, déjate ver a mis ojos de carne, siéntate a mi vera y platiquemos de amor”, sin embargo esta Persona no me cae fuera de la razón, tampoco es producto de un delirio de la imaginación. Constato en lo más sagrado de mi conciencia que puedo comunicarme con Alguien que no me es ajeno y que percibo en la realidad de mi propio yo cuando ejerzo el amor sobre Dios y sobre el hombre según la acción de este invisible Yo, que lleva la iniciativa, que está dentro de mí y yo dentro de Él. En definitiva, yo amo en Él, con Él y por Él. Este Ser vivo, al que amo según Él mismo me concede amar, es el Espíritu Santo.
Mi alma es la de un pecador, por mí mismo no puedo generar un acto de amor. Busco, con vehemencia, amar a Cristo y amar lo que El ama, con pasión, que es el hombre y esto solo puede consumarse en la medida que el Espíritu me conceda llenarme de Sí mismo y poder comunicarme con mi Padre Dios con las mismas palabras de Cristo: “Abba…Padre mío”
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